Durante años pensé que un buen líder era el que más sabía en la sala. Me equivocaba, y me costó un equipo entero darme cuenta.
El coste de tener siempre la razón
Cuando el jefe siempre acierta, el equipo deja de pensar. ¿Para qué arriesgarse a proponer si al final se hace lo que él diga?
Un equipo que solo ejecuta tus ideas nunca será mejor que tú. Y tú no eres tan bueno.
Empecé a preguntar más y a afirmar menos. El equipo tardó un mes en creerse que iba en serio. Luego, despegaron.